“Twelve Theses on the Economy of the Dead” by John Berger

August 26, 2012 § Leave a comment

1. The dead surround the living. The living are the core of the dead. In this core are the dimensions of time and space. What surrounds the core is timelessness.

2. Between the core and its surrundings there are exchanges, which are not usually clear. All religions have been concerned with making them clearer.
The credibility of religion depends upon the clarity of certain unusual exchanges. The mystifications of religion are the result of trying to systematically produce such exchanges.

3. The rarity of clear exchange is due to the rarity of what can cross intact the frontier between timelessness and time.

4. To see the dead as the individuals they once were tends to obscure their nature. Try to consider the living as we might assume the dead to do:
collectively. The collective would accrue not only across space but also throughout time. It would include all those who had ever lived. And so we would also be thinking of the dead. The living reduce the dead to those who have lived, yet the dead already include the living in their own great collective.

5. The dead inhabit a timeless moment of construction continually rebegun. The construction is the state of the universe at any instant.

6. According to their memory of life, the dead know the moment of construction as, also, a moment of collapse. Having lived, the dead can never be inert.

7. If the dead live in a timeless moment, how can they have a memory? They remember no more than being thrown into time, as does everything which existed or exists.

8. The difference between the dead and the unborn is that the dead have this memory. As the number of dead increases, the memory enlarges.

9. The memory of the dead existing in timelessness may be thought of as a form of imagination concerning the possible. This imagination is close to (resides in) God, but I do not know how.

10. In the world of the living there is an equivalent but contrary phenomenon. The living sometimes experience timelessness, as revealed in sleep, ecstasy,
instants of extreme danger, orgasm, and perhaps in the experience of dying itself. During these instants the living imagination covers the entire field of experience and overruns the contours of the individual life or death. It touches the waiting imagination of the dead.

11. What is the relation of the dead to what has not yet happened, to the future? All the future is the construction in which their “imagination” is engaged.

12. How do the living lie with the dead? Until the dehumanisation of society by capitalism, all the living awaited the experience of the dead. It was their ultimate future. By themselves the living were incomplete. Thus living and dead were inter-dependent. Always. Only a uniquely modern form of egotism has broken this inter-dependence. With disastrous results for the living, who now think of the dead as eliminated.

Die Stolpersteine

January 3, 2012 § Leave a comment

Stolperstein is the German word for “stumbling block”, “obstacle”, or “something in the way”.  The artist Gunter Demnig has given this word a new meaning, that of a small, cobblestone-sized memorial for a single victim of Nazism. These memorials commemorate individuals – both those who died and survivors – who were consigned by the Nazis to prisons, euthanasia facilities, sterilization clinics, concentration camps, and extermination camps, as well as those who responded to persecution by emigrating or committing suicide.

While the vast majority of stolpersteine commemorate Jewish victims of the Holocaust, others have been placed for Sinti and Romani people (also called gypsies), homosexuals, Jehovah’s Witnesses, Black people, Christians (both Protestants and Catholics) opposed to the Nazis, members of the Communist Party and the Resistance, military deserters, and the physically and mentally disabled.

The list of places that have stolpersteine now extends to several countries and hundreds of cities and towns.

As of June 24, 2011, Demnig had installed 30,000 stolpersteine.

Berlin: there are about 2,950 stolpersteine.

Hamburg: as of April 15, 2009, there are 2,600 stolpersteine. There’s another stolperstein in memoriam of a former senator, 15 paces to the right of the entrance of Hamburg’s town hall. Many papers report about the project and expand the research. Between 1941 and 1945 10,000 Jews were deported from Hamburg.

Cologne: by the beginning of 2005, 1,400 stolpersteine had been placed.

11/9 NY, USA

September 12, 2011 § Leave a comment

Thomas Hoepker

New York, 11. September 2001: Blick aus Brooklyn/Williamsburg in Richtung Brooklyn Bridge und Manhattan

Prisoner 44.904

June 14, 2011 § Leave a comment

L’entretien avec Jorge Semprún, résistant en France et déporté à Buchenwald, écrivain, scénariste, ancien membre du comité central du Parti communiste espagnol et ancien Ministre de la Culture, permet de mieux connaitre son oeuvre consacrée à sa déportation et les autres oeuvres sur la déportation qui ont marqué sa vie . Cette partie est consacrée à la mémoire des déportés, au témoignage et à la littérature concentrationnaire.

 El prisionero número 44904 –
 Xavier Antich

Published in La Vanguardia, 13.06.2011

http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20110613/54169493799/el-prisionero-numero-44-904.html

“No me quedan personajes ficticios que mueran en mi lugar. Todos mis seudónimos, todos mis nombres de guerra han sido utilizados, dispersados por el desértico viento de la muerte. Se acabaron los Artigas, los Larrea y los Bustamante, se acabaron los fantasmas de carne y hueso que mandaba al sacrificio. Han cumplido su función, valientemente. Heme aquí solitario y desnudo ante la muerte. Elegirá su momento; yo estaré listo. A decir verdad, hace algún tiempo que lo estoy”. Así escribía Jorge Semprún en 1998, en su libro Adiós, luz de veranos… Semprún, uno de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo, autor de una obra literaria incomparable cincelada a partir de su experiencia personal, siempre fue muy consciente de que, a través de algunos de sus personajes, podía hablar de sus verdades más íntimas. Por eso, tampoco no dudaba en que esos personajes, a la vez heterónimos y alter ego, murieran a menudo en sus novelas: todas esas muertes ficticias, decía, “eran señuelos que enarbolaba ante el hocico del negro toro de mi propia muerte, la muerte a la que estoy desde siempre destinado”. Pero ahora, desaparecido Semprún, ¿cómo hablar de él cuando ya no está aquí? ¿Cómo hablar de él, que nunca pensó que hubiera sobrevivido realmente a la muerte, o que la hubiera evitado, sino que había sido atravesado por ella?

Su experiencia, con veinte años, de prisionero en el campo de concentración nazi de Buchenwald, durante dieciséis meses, marcaría desde entonces, para siempre, los años que estaban por llegar. Hay experiencias que marcan una vida. Y Semprún nunca dejaría de llevar consigo el olor a carme humana quemada, “la llama anaranjada del crematorio cegándome los ojos”. Tardará dos décadas en conseguir expresarlo, en ponerlo por escrito, en acercarse a su verdad estremecedora. Y, cuando empiece, ya no podrá parar.

Blanchot expresó una paradoja que ha marcado una antinomia casi irresoluble para la literatura testimonial de los campos nazis. Lo hizo recordando los papelillos escondidos en los alrededores de las cámaras de gas. Algunos decían, obsesivamente, como una botella lanzada hacia el futuro desde el naufragio, “no olvidéis”. Otros, dando voz a un presagio inquietante, anunciaban, “nunca sabréis”. A partir de entonces, habría que recordar, sin cesar, lo sucedido. Y, sin embargo, por esfuerzos que se hicieran, tal vez nunca se acertara a comprender del todo lo que allí pasó. Este imperativo contradictorio ha marcado nuestra época. Y, en cierto sentido, ha generado una cierta mística de lo indecible e irrepresentable, de lo inefable.

Semprún, convencido como estuvo siempre de que todo se puede decir, dio un paso más allá y nos legó una herencia memorable. Por una parte, se preguntó a menudo “¿para qué escribir libros si no se inventa la verdad?”. Pues de lo que se trataba, en el fondo, no era de contar, sino de comprender: no de los hechos, simplemente, sino de su verdad. Y, junto a ello, el añadido aparentemente paradójico, inspirado en Boris Vian: “todo era real porque todo lo había inventado yo, y no porque lo hubiera vivido”. Esa es la lección de la literatura testimonial de Semprún, que vivió obsesionado desde 1945, cuando la liberación de los campos, por cómo contar todo aquello, cómo alcanzar su verdad. Todos los supervivientes lo buscaron a su modo, intentando encontrar, cada uno a su modo, con la clave que hiciera posible el testimonio.

Muchos otros, desde una perspectiva teológica, hablaron, y se inquietaron, por lo que denominaron el silencio de Dios. Para Semprún, y esa era la esencia, a su juicio, del Mal radical, de lo que se trataba no era del silencio de Dios, sino del silencio de los hombres. Por eso, toda su obra se despliega bajo la sombra de una imagen poderosísima contenida en El largo viaje: al salir de Buchenwald, se acercó a la vecina Weimar, la ciudad de Goethe, que veían desde el campo. Dio con una casa, llamó, encontró a su dueña, le pidió entrar, recorrió solícito la casa, hasta llegar al cuarto de estar, del que la mujer comentó lo confortable que era. Y ya está. Allí lo vio. Tras las ventanas, a lo lejos, la chimenea del campo. Y la pregunta, a ella, de un Semprún que, entonces, “quisiera estar muerto”, una pregunta que ya no necesitó esperar ninguna respuesta: “al atardecer, cuando las llamas desbordaban la chimenea del crematorio, ¿veían ustedes las llamas del crematorio?”. Ahí estaba todo y todo lo vio ya entonces Semprún.

Frente a ese Mal absoluto, toda la obra de Semprún es el intento de oponer una idea de la fraternidad a esa imagen del infierno que es, no el horror en sí, sino la contemplación indiferente del horror de los otros. La fraternidad frente al Mal.

De ahí su temor, expresado en La escritura o la vida: “Llegaría un día, relativamente cercano, en el que ya no quedaría ningún superviviente de Buchenwald: ya nadie sería capaz de decir, con palabras surgidas de la memoria carnal y no de una reconstrucción teórica, lo que habrán sido el hambre, el sueño, la angustia, la presencia cegadora del Mal absoluto -en la justa medida en que anida dentro de cada uno de nosotros, en tanto que libertad posible-. Ya nadie tendría en su alma y su cerebro, indeleble, el olor a carne quemada de los hornos crematorios”. Hoy, con la desaparición de Semprún, ese día cada vez está más cerca. No es fácil prepararse para cuando llegue. Tal vez ayuden, de nuevo, las palabras de Semprún: “sólo los escritores podrán resucitar la memoria viva y vital, la vivencia de los que habremos muerto

Published in La Vanguardia, 13.06.2011

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